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jueves, 14 de noviembre de 2013

La historia de la bandera roja


                              La historia de la bandera roja

En marzo de 1871 los revolucionarios se apoderaron del Hotel de Ville en París, que era el centro de operaciones de la Comuna de París, e izaron la bandera roja de la revolución y el internacionalismo. La Comuna de París fue la primera toma del poder de la clase trabajadora y sus aliados. En su obra La guerra civil en Francia, Carlos Marx dijo: “El viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja”.

Esta no fue la primera vez que los oprimidos izaron la bandera roja como símbolo de sus aspiraciones revolucionarias. Históricamente, las clases rebeldes han izado la bandera roja cuando se han rebelado. Por ejemplo, los esclavos de Roma la izaron cuando sus luchas estremecieron el imperio, que al fin y al cabo sucumbió. La bandera roja era el símbolo de los esclavos que no tenían más opción que la rebelión. Durante las grandes rebeliones de campesinos que barrieron a Alemania, las legiones de campesinos llevaban consigo la bandera roja.

Con el ascenso de la clase burguesa, y el capitalismo, surgió por necesidad el estado nacional moderno, o las naciones. A medida que luchaba por derribar las barreras impuestas por el sistema feudal para crear condiciones favorables para su desarrollo, un mercado para sus mercancías, y la libertad de comercio y transporte, el capitalismo formó a los países tal como los conocemos hoy: cada cual con su propia bandera nacional que representa a la clase capitalista de cada nación.

A medida que iba tumbando las trabas impuestas por la sociedad feudal, fue surgiendo a la par de la burguesía una nueva clase, el proletariado: una clase altamente socializada pero carente de propiedad. El ascenso de la clase capitalista arruinó a muchos campesinos y pequeños propietarios urbanos, que se vieron obligados a trabajar en las fábricas de los capitalistas. Ya para el siglo 19, la lucha de clases en el mundo era de un carácter muy diferente a lo que era durante las guerras campesinas alemanas. Desde ese entonces todo movimiento social de importancia sería influenciado de una manera u otra por la lucha del proletariado. La bandera roja, enarbolada por esta nueva clase, adquiriría un nuevo significado: la misión histórica del proletariado de emanciparse a sí misma y a toda la humanidad.

La clase obrera izó la bandera roja en muchas ocasiones. Por ejemplo en 1831, durante la rebelión de Merthyr en el sur de Gales, cuando entre 7,000 y 10,000 obreros se apoderaron de Merthyr por cuatro días. Se dice que marcharon bajo la bandera roja cuando los soldados les dispararon, aplastaron la rebelión y masacraron a muchos.

En 1848, el año que salió el Manifiesto comunista, de hecho unos meses antes, la bandera roja fue la precursora de la lucha proletaria que se daba por toda Europa. En Francia, 16 años antes, los obreros de París izaron la bandera roja en la insurrección para tumbar del poder a Louis Philippe y otra vez en febrero de 1848, cuando volvieron a las barricadas.

En los días que siguieron, surgió la cuestión de escoger la bandera nacional de Francia. Los obreros pedían que fuera roja, pero los sectores de la burguesía, que habían tomado parte en esa lucha para transformar el estado de monarquía burguesa a republica burguesa, querían que la bandera nacional fuera la tricolor de la revolución burguesa.

La lucha de los obreros fue aplastada y la única concesión a sus demandas de que la bandera fuera roja fue la rosa roja sobre el asta de la bandera tricolor.

En 1871, la bandera roja ondeó una vez más sobre París en una declaración de la conquista del poder por la clase trabajadora y del establecimiento de la Comuna de París. Esta fue la primera vez que la bandera roja representó no solo la rebelión, no solo la insurrección, sino la revolución y la lucha histórico-mundial del proletariado y el establecimiento del estado proletario.

Fue durante la Comuna de París que la bandera roja llegó a representar y ser el símbolo de las aspiraciones del proletariado internacional y su misión histórica de emancipar a toda la humanidad. En un homenaje a la Comuna, Lenin dijo: “La memoria de los luchadores de la Comuna es honrada no solo por los obreros franceses, sino también por el proletariado de todo el mundo, pues aquélla no luchó por un objetivo local o estrechamente nacional, sino por la emancipación de toda la humanidad trabajadora, de todos los humillados y ofendidos. Como combatiente de vanguardia de la revolución social, la Comuna se ha ganado la simpatía en todos los lugares donde sufre y lucha el proletariado”.

Los combatientes de la Comuna entendieron claramente que rechazaban el nacionalismo de su propia burguesía y que la bandera roja era el símbolo de la emancipación de los pueblos del mundo. Proclamaron: “¡La bandera de la Comuna es la bandera de la República mundial!”. Años después, Federico Engels dijo de la Comuna: “Fue un valiente desafío a toda expresión de chovinismo burgués. Y el proletariado de todos los países certeramente comprendió esto”.

A fines del siglo 19 el capitalismo se transformó en imperialismo en varios países europeos, Estados Unidos y Japón. Con ello estalló la primera guerra imperialista. Los países imperialistas entraron a la I Guerra Mundial proclamando el chovinismo nacional de “mi país primero” y la “defensa de la patria”. Las clases dominantes vieron la importancia de suprimir la bandera roja y promover la bandera nacional. Esto suscitó mucho debate y los comunistas participaron en él. Era cuestión de si se iba a defender la bandera del chovinismo nacional o la bandera roja de la revolución proletaria y el futuro comunista. El agrupamiento internacional de organizaciones y partidos comunistas de ese entonces, la Segunda Internacional, se desbarató en ese debate sobre el nacionalismo y el internacionalismo.

Los obreros de muchos países izaron la bandera roja. En los ejércitos y la marina de Francia y Alemania hubo grandes rebeliones. En Estados Unidos, Obreros Industriales del Mundo (IWW, por sus siglas en inglés) y otros enarbolaron la bandera roja. Pero fue solo en Rusia, donde el partido de la clase obrera y su líder, V.I. Lenin, sostuvieron una posición consecuentemente revolucionaria con respecto al gobierno, que la clase obrera fue capaz de aprovechar la severa crisis que causó la guerra, lanzar una insurrección armada y tomar el poder. Solo en Rusia tiraron al suelo la bandera nacional e izaron la bandera roja del comunismo.

Los bolcheviques convencieron al pueblo de la justeza de su programa político y exhortaron a un levantamiento el 25 de octubre de 1917. Izaron la bandera roja en el Palacio de Invierno y arrestaron al gobierno provisional. Días después, miles salieron a las calles en tropel hacia la plaza Roja, entonando La internacional, el himno del proletariado internacional; desde lo alto del Kremlin se desenvolvieron gigantescas banderas rojas. Hablando de la importancia de la revolución de octubre, Lenin dijo: “Jamás hemos hecho secreto del hecho de que nuestra revolución es solo el principio, que su victoriosa conclusión solo será lograda cuando nosotros hayamos iluminado el mundo entero con estas mismas llamas de revolución”.

Por primera vez en la historia el proletariado y su partido de vanguardia tomaron el poder, establecieron la dictadura del proletariado e iniciaron la transformación socialista de la sociedad. Fue un hito histórico para la causa del proletariado internacional y la misión histórica del proletariado.

La bandera roja de la revolución y el comunismo sigue ondeando por todo el mundo. Con la victoria de la revolución china, la bandera roja ondeó sobre una cuarta parte de la humanidad. El significado y la causa de la bandera roja adquirieron más importancia después de que se estableció la dictadura del proletariado en China y cuando Mao Tsetung, el líder de la revolución, y el núcleo de revolucionarios lanzaron la Gran Revolución Cultural Proletaria. Mao exhortó a las masas a hacer una revolución contra las fuerzas del Partido Comunista que persistían en regresar al capitalismo.

Las revoluciones socialistas de la Unión Soviética y China dieron marcha atrás. Sin embargo, la historia de la bandera roja es inseparable de la lucha de los oprimidos y explotados, la meta de la revolución proletaria y la cosmovisión del internacionalismo proletario. (Ver el editorial “1º de Mayo: ¡Otro mundo es posible—Un mundo comunista!”, en la página 3).

En las luchas intensas de hoy hay que comprender que hay una bandera que representa los intereses fundamentales del pueblo, pero no es la bandera de la nación. Es la bandera roja del comunismo y la revolución proletaria. Es la bandera que une a los explotados y oprimidos, en vez de dividirlos. Es la bandera que representa la misión histórica de la clase proletaria de liberarse a sí misma y a toda la humanidad. Esa bandera nos pide que levantemos la frente y veamos más allá de los intereses de una nación y que nos imaginemos que un nuevo mundo es posible y necesario. La bandera roja es la bandera de no tener nada que perder y tener un mundo que ganar. ¡Cada vez más, donde los pueblos luchen y se rebelen, deben hacerlo con la bandera roja en alto!


sábado, 15 de junio de 2013

Antonio Salamanca Serrano - Marxismo en América Latina

Marxismo en América Latina

Antonio Salamanca Serrano1
El marxismo es una praxis histórica revolucionaria que busca liberar a los pueblos de la opresión del capitalismo en la construcción de la sociedad sin clases comunista. Alumbrada por la vida y obra de K. Marx y F. Engels en el siglo XIX, el marxismo inicia su entrada en América Latina a finales de esa centuria. Sin embargo, la llegada e ‘inculturación’ de parte de la praxis marxista, comenzando por la misma producción teórica de Marx, se dilatará en el tiempo. Obras como De la crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, verá la luz en 1927; los Manuscritos económico filosóficos de 1844, y el texto íntegro de La Ideología Alemana, en 1932; los Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), en 1939-1941, y en castellano en 1972, etc. A pesar de las limitaciones, la historia real del marxismo en este continente ha sido la de millones de hombres y mujeres que han entregado, y siguen ofreciendo sus vidas, hasta el martirio por la liberación de sus pueblos en la construcción de una sociedad sin clases comunista.


Con la entrada del marxismo en la realidad latinoamericana se inició un proceso de descubrimiento mutuo, interrumpido en ocasiones. El encuentro ha fecundado todos los ámbitos de la vida latinoamericana, sea la revolución política, la economía, la sociología, el arte, la literatura, la filosofía, la teología, etc. Fruto de esa fertilidad en la diversidad han florecido las revoluciones del pueblo sandinista, liderada por Augusto César Sandino; del pueblo salvadoreño, liderada por Agustín Farabundo Martí; del pueblo cubano, liderada por Fidel Castro y Ernesto Che Guevara; del pueblo chileno, liderada por Salvador Allende; del pueblo zapatista mexicano, liderada por el Subcomandante Marcos; del pueblo bolivariano de Venezuela liderada por Hugo Chávez; del pueblo boliviano, liderada por Evo Morales; del pueblo ecuatoriano, liderada por Rafael Correa, etc. A ellas, y en ellas, se une más de un siglo de innumerables creaciones e investigaciones de trabajadores como: los argentinos Aníbal Ponce (1898-1938), Enrique Dussel (1934--), Claudio Katz (1954--); los bolivianos René Zavaleta Mercado (1935-1984), Álvaro García Linera (1962--); los brasileños, Caio Prado Jr. (1907-1990), Jorge Amado (1912-2001), Theotonio dos Santos (1936-), Leandro Konder (1936--), Michael Löwy (1938--), Emir Sader (1943---), Frei Betto (1944--); el costarricense Carlos Luis Fallas (1909-1966), el alemán asentado en Costa Rica Franz Hinkelammert (1931--); el colombiano-venezolano Justo Soto Castellanos (1962--); los cubanos Nicolás Guillén (1902-1989), Orlando Borrego (1936--), Fernando Martínez Heredia (1939--), Raúl Fornet-Betancourt (1946--), Pablo Guadarrama (1949--); los chilenos Luis Emilio Recabarren (1876-1924), Pablo Neruda (1904-1973) y el chileno-argentino Luis Vitale (1927-2010); los ecuatorianos Jorge Icaza (1906-1978) y Bolívar Echevarría (1941-2010); el guatemalteco, Miguel Ángel Asturias (1899-1974); el haitiano Jacques Stephen Alexis (1922-1961), los mexicanos David Alfaro Siqueiros (1896-1974), Diego Rivera (1886-1957), el alemán asentado en México Heinz Dieterich (1943--), Fernando Buen Abad (1956—); los peruanos César Vallejo (1892-1938), José Carlos Mariátegui (1894-1930), Ciro Alegría (1909-1967) y Hugo Blanco Galdós (1935--); el salvadoreño Miguel Mármol (1905-1993); el trinitense Cyril Lionel Robert James (1901-1989); los uruguayos Eduardo Galeano (1940--) y Sirio López Velasco (1951--); los venezolanos Ludovico Silva (1937-1988), Luis Britto García (1940--), Carmen Bohórquez (--), etc.

En particular, el marxismo ha hecho grandes aportaciones no sólo a la satisfacción de los derechos económicos de los pueblos, sino a la materialización de todo el sistema integrado de derechos humanos. Sin embargo, uno de los campos donde más ha evidenciado sus carencias ha sido precisamente en la reflexión teórica sobre ellos.

Distintas periodizaciones se han propuesto de la historia del marxismo latinoamericano (v.gr. las propuestas por José Aricó, Agustín Cueva, Néstor Kohan, Michael Löwy, Luis Vitale, etc.). Teniendo en cuenta sus marcos temporales, tres periodos distinguimos en función del momento en que se inicia y termina el dogmatismo de la llamada ortodoxia marxista. (1º) El primer diálogo del marxismo con la realidad latinoamericana (1872-1929); (2º) La incomunicación (1930-1958); (3º) El segundo diálogo del marxismo con la realidad latinoamericana (1959-hasta hoy).

1º El primer diálogo marxista con el pueblo latinoamericano (1872-1929). La primera palabra del marxismo en nuestra América se pronunció entre el pueblo trabajador. No fue dicha en las universidades, ni a través de la obra de filósofos ‘profesionales’, sino por la praxis de los trabajadores emigrantes alemanes, españoles e italianos. El marxismo habló a una historia revolucionaria y una tradición independentista cuyas categorías le costó entender. La historia reciente con la que se encontró fue la de siglos de opresiones, reflexiones, organizaciones y luchas por la liberación de los pueblos originarios; la historia de las invasiones europeas coloniales expropiatorias, y de la resistencia cimarrona a dicha agresión.

La realidad inmediata en la que se injerta el marxismo es el debilitamiento del imperialismo español por las victorias emancipadoras de los pueblos de nuestra América, y la nueva correlación de fuerzas entre el imperio francés, inglés y el naciente imperio estadounidense. Hacia 1810 habían comenzado a hacerse hegemónicos en América Latina los movimientos de emancipación colonial (primera emancipación) que culminarán en 1898 con la independencia de Cuba. La gesta fue obra de una parte del pueblo, liderado por hombres como: Francisco Miranda (1750-1816), Simón Rodríguez (1771-1854) y Simón Bolívar (1783-1830), en Venezuela; Manuel Belgrano (1770-1820) y José San Martín (1778-1850), en Argentina; Miguel Hidalgo (1753-1811) y José María Morelos (1786-1815), en México; Vicente Rocafuerte (1783-1847), en Ecuador; José Martí (1853-1895), en Cuba, etc. El proyecto liberador de la mayoría de la población indígena era volver a su situación de independencia anterior a la conquista (v.gr. Túpac Amaru). Pero el de la mayor parte de la minoría criolla blanca no fue ‘de todo el pueblo’ ni ‘para todo el pueblo’, aunque, por necesidad, se quiso hacer ‘por todo el pueblo’. No iba más allá de un cambio de dueño en la soberanía territorial. De hecho, una vez que triunfó la ‘emancipación colonial’, en países con mayoría indígena y mestiza como Bolivia, Colombia, México, Perú, etc., la burguesía blanca criolla se apresuró a mantener a los indígenas, mestizos y negros en régimen de capitalismo colonial.

A mediados del siglo XIX resuena en América Latina (v.gr. Argentina, México, etc.) los ecos del socialismo utópico (romántico europeo). De la mano de E. Echeverría se empieza a conocer en Argentina las ideas de los socialistas utópicos Saint-Simon, Fourier, Leroux, Lerminier, entre otros. Ello dará lugar a la fundación de la Asociación Joven Argentina, en 1838. En Montevideo (1846), E. Echeverría firma el documento Dogma socialista de la Asociación de Mayo, que es una reedición del de la Asociación Joven Argentina. Entre 1853 y 1855, el miembro de la Liga de los Comunistas y amigo de K. Marx, Georg Weerth, estuvo viajando por Centroamérica y América del Sur, muriendo en La Habana en 1856. En 1855, José Ignacio de Abreu e Lima publica en Brasil la obra O Socialismo. En ella se presentan los distintos planteamientos socialistas, y particularmente el socialismo religioso de Lemennais. En 1861 llega a México el griego Plotino Rhodakanaty, y publica en ese año la Cartilla socialista o sea Catecismo elemental de la escuela de Charles Fourier. Su propuesta pionera de ‘socialismo cristiano’ se concretizará en la fundación de dos organizaciones obreras: el ‘Club Socialista’ (1868) y ‘La Social’ (1871), inicios de la coordinación sindical latinoamericana. Ejemplo ilustrativo del fermento revolucionario del socialismo con el pueblo es el caso de Julio López Chávez (natural de Chalco, Estado de México), ejecutado el 9 de julio de 1868. La justificación de su asesinato ‘legal’ fue la siguiente:
“Julio López ha terminado su carrera en el patíbulo. Invocaba principios comunistas y era simplemente reo de delitos comunes. La destrucción de su gavilla afianza la seguridad de las propiedades en otros muchos distritos del estado de México. En este estado, como en otros muchos de la República, tiempo vendrá en que sea preciso ocuparse de la cuestión de la propiedad territorial; pero esto por medidas legislativas dictadas con estudio, con calma y serenidad, y no por medios violentos y revolucionarios” 2.

Aparte de los viajes del miembro de la Liga de los Comunistas, Georg Weerth, por América Latina a mediados del siglo XIX, el hito decisivo en el comienzo de la recepción del marxismo en estas tierras tiene lugar en 1872. En Buenos Aires se funda la primera sección latinoamericana de la Asociación Internacional de Trabajadores. En 1882, también allí, obreros alemanes fundan el ‘Club Vorwärts’. Un año después, en Cuba, J. Martí, desde su socialismo influenciado de krausismo, con motivo de la muerte de K. Marx, le reconoce honor por haberse puesto de parte de los débiles.

El diálogo se profundiza, enriquece y crece, entre otros factores, con la traducción de textos marxistas y la fundación de partidos socialistas y periódicos. Durante este período, en América Latina se tendrá conocimiento de la traducción del Manifiesto del Partido Comunista. El 12 de junio de 1884 se publica en el periódico obrero mexicano El Socialista la traducción que había aparecido en el semanario madrileño La Emancipación, en 1872. En 1889, se funda en Cuba el Partido Socialista Cubano, y los socialistas argentinos participan en París en el Congreso que decide la creación de la Segunda Internacional (1889). En 1891 se funda en Argentina la Federación de Trabajadores de la República Argentina. Al año siguiente, 1892, se crea, también en Argentina, el Partido Obrero Argentino, y en Brasil, el Partido Operário do Brasil. En 1895, en Argentina, comienza a traducirse El Capital. En Santiago de Chile, en 1899, se funda el Partido Socialista. En La Habana, en 1903, Carlos Baliño funda el Club de Propaganda Socialista. También en Cuba se creará el Partido Obrero Socialista de Cuba, en 1904, y el Partido Socialista de Cuba, en 1906. En Montevideo, en 1910, Emilio Frugoni funda el Centro Socialista Carlos Marx. En México, en 1911, se crea el Partido Obrero Socialista. En 1912, en Buenos Aires, se funda el Centro de Estudios Carlos Marx. En ese mismo año, en Chile, Emilio Recabarren pone en marcha el Partido Obrero Socialista de Chile. En Bogotá, en 1916, se constituye el Partido Obrero, etc.

Los primeros partidos socialistas que se fundaron en el Continente no tuvieron mucho recorrido. Primero, porque les costó entender ideológicamente que el derecho a la liberación económica de la clase trabajadora latinoamericana debía articularse con los derechos de esos pueblos a la independencia política (continuando la revolución o autodeterminación política), a la diversidad étnica, expresión y cultivo de sus creencias religiosas, etc. Segundo, porque el sujeto revolucionario central que encontró no era mayoritariamente un proletariado industrial sino un pueblo oprimido y explotado conformado por campesinos y mineros mestizos, indígenas, negros, etc. En la medida que el marxismo de estos partidos se abrió a la nueva realidad fue encarnándose y haciéndose marxismo latinoamericano.

El triunfo de la Revolución Rusa, y la creación de la Internacional Comunista (III Internacional, 1919) estimularon el diálogo del marxismo con los pueblos latinoamericanos. Algunos partidos comunistas nacieron en el seno de las organizaciones de la clase obrera trabajadora (v.gr. argentino, brasileño, colombiano, cubano, chileno, peruano, salvadoreño, etc.) y otros en núcleos más reducidos de escritores, académicos y estudiantes. En 1918, en Argentina se creó el primer partido comunista latinoamericano, el Partido Internacional Socialista. En México, en 1919, se crea el Partido Comunista, primero con el nombre de ‘comunista’. En Yucatán, de la mano de Felipe Carrillo Puerto, llega al poder el primer gobierno socialista de América, en noviembre de 1921. En Uruguay, en 1920, el Partido Socialista se transforma en Partido Comunista. Lo mismo ocurre en Chile, en 1921, de la mano de Emilio Recabarren. En Brasil, se funda el Partido Comunista en 1922. También se crean partidos comunistas en Guatemala, El Salvador y Nicaragua en 1923. En Cuba, gracias al trabajo de Carlos Baliño y Julio Antonio Mella se funda el Partido Comunista de Cuba en 1925. En Paraguay y Honduras se crean partidos comunistas en 1927. En Perú, en 1928, José Carlos Mariátegui crea el Partido Socialista del Perú. Partido que en 1930 cambia su nombre por Partido Comunista del Perú. En 1928 se funda el partido comunista de Ecuador, y el de Colombia, en 1930. En esos años se produce el descubrimiento de la situación revolucionaria latinoamericana para la Internacional Comunista, particularmente en el VI Congreso Mundial de la Internacional Comunista, de 1928.

2º La incomunicación por el dogmatismo marxista (1929-1958). En 1929, en el XV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética se produce la expulsión de Trotsky y Zinóiev. Se da comienzo a la oficialización del dogmatismo marxista soviético que se exportará a América Latina. Contra los criterios de actuación política de la Internacional Comunista, en El Salvador, en 1932, y atendiendo a su realidad nacional, el Partido Comunista organiza la revolución popular contra el gobierno, en la que fueron masacradas más de 30.000 personas. En México, en 1934, y por primera vez en América Latina, Lázaro Cárdenas declaró al marxismo como la ideología oficial del gobierno. Sin embargo, más allá de estos ejemplos de cómo el diálogo del marxismo con el pueblo estableció tiempos y caminos propios para la revolución, en esta etapa predominará la incomunicación por parte del marxismo, entre otras razones, por el dogmatismo del etapismo estalinista que la URSS impuso como análisis oficial a los partidos comunistas latinoamericanos. Por ejemplo, en 1933, en la Conferencia Nacional del Partido Comunista de Chile se plantea la necesidad de no saltarse etapas en la lucha por el socialismo. La revolución que correspondía en aquel momento era la democrático-burguesa.

El surgimiento del fascismo ayudó a justificar el giro en la política del comunismo revolucionario. Las directrices del VII Congreso en Moscú de la Internacional Comunista de 1935, a la que asistieron delegados de casi la totalidad de los partidos comunistas latinoamericanos, y la experiencia ‘exitosa’ de la táctica empleada en España y Francia, en 1935, llevan a dar prioridad a la estrategia del ‘Frente Popular Antifascista’. En Estados Unidos se hizo hegemónica la orientación reformista de Earl Browder (1891-1973), secretario del partido comunista (1934-1945), conocida como browderismo. Esa orientación, no sin contradicciones internas, tuvo acogida particularmente en los partidos comunistas cubano, brasileño, colombiano, chileno, ecuatoriano y venezolano. Por ejemplo, siguiendo la nueva estrategia política, en Brasil, en 1935, los comunistas dirigen la rebelión armada de la Alianza Nacional de Liberación contra el fascismo. En Chile, en 1936, el Partido Comunista, junto al Partido Socialista y el Partido Radical, crean el ‘Frente Popular’ que consigue el poder entre 1938-1952. En Cuba, también en los años 1938-39, el Partido Comunista entra en el gobierno de Batista, etc. Durante este periodo se siguieron fundando algunos partidos (v.gr. en 1942, el Partido Revolucionario Democrático Dominicano; en 1943, el Partido Comunista de Cuba cambia su nombre por Partido Socialista Popular; en 1945 se crea en Venezuela el Partido Comunista Venezolano, y en 1950 se funda el Partido Comunista de Bolivia).

La actuación socialista revolucionaria que demandaba la realidad política nacional e internacional frente a la política impuesta desde la URSS generó tensiones ideológicas, organizativas y estratégico-tácticas dentro del marxismo de los partidos comunistas, y favoreció la acogida del trotskismo en algunos de ellos y de las organizaciones sindicales. El trotskismo, es una tendencia y estrategia marxista revolucionaria internacionalista que postula la revolución permanente. Fue iniciada por León Trotsky a finales de la segunda década del siglo XX frente a la práctica de ‘socialismo en un solo país’ de Stalin. En 1938 Trotsky fundó la IV Internacional. En América Latina el trotskismo fue recibido por algunos como tendencia izquierdista del marxismo de los partidos comunistas, que pretendía liberarlos de la burocracia estalinista y recuperar su esencia revolucionaria. Por ejemplo, en Brasil, en 1929 se escinde del Partido Comunista la primera sección trotskista; en Chile se creó un fuerte partido marxista trotskista (1931); en Cuba, se crea el Partido Bolchevique Leninista de Cuba en 1933, etc. Muchos de estos movimientos tuvieron una corta vida porque terminaron integrándose a otras organizaciones o quedaron sometidos a un proceso de infinitas escisiones por diferencias en las interpretaciones ideológicas o en las estrategias (v.gr. entrismo, foquismo, populismo, etc.). El asesinato de L. Trotsky en 1940, por orden de Stalin, contribuyó a la dispersión del trotskismo pero no consiguió ni su disolución ni su extinción. Por el contrario, sigue activo y creciendo en su influencia. En 1943, Stalin disolvió la III Internacional comunista. Era la prueba que solicitaban sus aliados imperialistas en la guerra contra Hitler de que la política de la Unisón Soviética no fomentaba la revolución comunista mundial.

La experiencia histórica terminó dando la razón a quienes dentro de la III y IV Internacional habían advertido que en América Latina el ‘frentismo’ serviría realmente para que la burguesía industrial se hiciese con el poder político y la hegemonía social. Una vez instalada en el poder, los derechos de los campesinos y los de soberanía nacional, esto es, la revolución agraria y anticolonial quedó pendiente. De hecho, esa estrategia llevó al marxismo y a los partidos comunistas frentistas a abandonar al pueblo en su lucha contra el imperialismo económico y sus agentes internos, las burguesías nacionales.

A partir de 1939, con el pacto Hitler-Stalin, la estrategia antifascista dejó de ser la prioridad para los partidos comunistas latinoamericanos, y las alianzas frentistas comenzaron a romperse. Desde 1947, en el contexto político de la Guerra Fría (que oficialmente termina en 1958), los partidos comunistas latinoamericanos retomaron como objetivo de lucha la superación del imperialismo. A partir de entonces buscaron un ‘frente amplio antifeudal y antiimperialista’. Este nuevo viraje duró diez años, hasta 1956. Entonces, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, se vuelve a cambiar el rumbo. La ‘nueva’ estrategia fue la ‘coexistencia pacífica’ con el capitalismo. Era el inicio del fin de la Guerra Fría, que se oficializaría dos años más tarde. En esa nueva estrategia los partidos comunistas latinoamericanos retomaban dogmáticamente su ‘reformismo’ colaborador con las burguesías nacionales, ahora con el objetivo de desarrollar la ‘etapa capitalista’, superadora del ‘feudalismo latinoamericano’, y preludio del triunfo comunista.
3º El segundo diálogo del marxismo con el pueblo latinoamericano (1959-hasta hoy). Se puede caracterizar este periodo como: a) De progresiva liberación interna del dogmatismo de los partidos marxistas latinoamericanos; b) De reencuentro con la riqueza de la realidad histórica de los pueblos de nuestra América que no han conseguido aún la emancipación económica ni la plena soberanía política —que no han conseguido la satisfacción de sus derechos humanos—; y c) De la urgencia en la unidad de las organizaciones marxistas para hacer frente a la represión anticomunista del imperialismo capitalista, particularmente estadounidense.

El segundo diálogo se inicia con un hito fundamental liberador del dogmatismo marxista en Latinoamérica: el triunfo de la revolución cubana en 1959. En el marco internacional, un año antes, la Conferencia Mundial Comunista (1958) había también hecho aflorar divergencias entre el Partido Comunista de la Unión Soviética y el Partido Comunista Chino. El papel fundamental de los campesinos en la revolución china, así como las estrategias y tácticas de Mao, inspiraron a parte de la teoría y práctica del maoísmo marxista latinoamericano (v.gr. Colombia, Ecuador, Perú, República Dominicana, etc.). Las divisiones internas de esta corriente en múltiples grupos, ocasionadas en parte por el sectarismo (v.gr. Sendero Luminoso en Perú, desde 1980) y el cainismo político, le llevó a perder influencia. Una debilidad compartida además por el trotskismo, y en general por el marxismo. Desde la muerte de Trotsky una multitud de secciones latinoamericanas de grupos marxistas trotskistas, que surgieron en la segunda mitad del siglo XX, se reclaman los legítimos herederos de la IV Internacional (v.gr. Corriente Marxista Internacional, Corriente Marxista Revolucionaria, Liga Internacional de los Trabajadores, etc.).

En este segundo diálogo se han vivido y se están viviendo etapas que cabe sistematizar: (1ª) La década de los triunfos marxistas en Cuba y Chile (1959-1973). En Cuba, con el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959; y en Chile, con el triunfo marxista de la ‘Unidad Popular’, de Salvador Allende, en 1970. La praxis marxista recobra vitalidad e identidad latinoamericana. (2ª) Las décadas de la represión militar sangrienta contra el marxismo latinoamericano (1970-1989). (3ª) La década de la derrota moral por la caída del ‘socialismo soviético’ (1989-1999). Tiempo de desconcierto y pérdida de identidad ideológica, abandono y traiciones. (4ª) La década del rearme ideológico y político del marxismo latinoamericano (1999- hasta hoy). Estimulado por las victorias de la revolución bolivariana en Venezuela (1999), la revolución boliviana, sandinista y ecuatoriana en (2006 y 2007).

La experiencia histórica de más de un siglo de encuentros y desencuentros entre los pueblos latinoamericanos y el marxismo ha enriquecido, por un lado, la lucha por la liberación de aquéllos del imperialismo capitalista, y, por otro, ha abierto la posibilidad de liberación del dogmatismo en el que derivó cierto marxismo. Gracias a esta última, está brotado en América Latina un marxismo latinoamericano ‘herético’ para el ‘dogmatismo’ marxista, pero, sin embargo, creación heroica; el más fiel al propio análisis iniciado por K. Marx, F. Engels, y V. I. Lenin. Entre algunos de sus postulados indicamos:

(1º) La lucha de clases debe insertarse en la historia de lucha anticolonial. En América Latina el marxismo llegaba en un momento histórico donde la lucha contra el colonialismo y por la Independencia política no había concluido. La liberación económica de los trabajadores, la materialización de su derecho a la autodeterminación e igualdad económica, a la propiedad colectiva de los medios de producción, no sería posible bajo el colonialismo político imperialista. Pero tampoco sería posible sólo con aquélla. Hacía falta conseguir la independencia política junto a la independencia económica. Carlos Baliño fue un uno de los precursores en buscar esa necesaria articulación. Junto con Martí trabajó en la formación de la estructura organizativa del Partido Revolucionario Cubano. En 1903 crea el Club de Propaganda Socialista, la primera organización marxista en Cuba. Colaboró en el nacimiento en 1905 del Partido Obrero, promotor de un socialismo moral revolucionario. Influenciado por la Revolución rusa (1917) se hace leninista e intensifica su trabajo por la constitución de organizaciones marxistas. En 1923, junto a otros, crea la Agrupación Comunista de La Habana, la Liga Antiimperialista de Cuba (1925) y funda el Partido Comunista Cubano con Julio Antonio Mella (1925).

(2º) La realidad colonial latinoamericana no puede esperar a una revolución burguesa. V. Haya de la Torre, en particular, contribuyó a evidenciar la urgencia, necesidad, y posibilidad del diálogo del marxismo con la realidad latinoamericana adaptándose a sus condiciones espacio-temporales. Fruto de ese encuentro surgirán las siguientes tesis liberadoras del marxismo ‘etapista estalinista’. (1ª) El marxismo es aplicable en América Latina porque la realidad de injusticia es universal, así como los principios marxistas que la interpretan, pero: (2ª) El marxismo tiene que responder a la realidad histórica concreta espacio-temporal latinoamericana; (3ª) La revolución en Latinoamérica, contra todo determinismo histórico, no puede ni debe esperar a pasar por la revolución burguesa.

(3º) El sujeto de la revolución es, además del obrero, el pueblo revolucionario latinoamericano (v.gr. indígenas, negros, campesinos, mujeres, etc.). En el encuentro del marxismo con la vida de los pueblos latinoamericanos se va gestando un ‘marxismo latinoamericano’ que amplía el sujeto revolucionario como vanguardia. La vanguardia de la revolución socialista en nuestra América, o está integrada por el pueblo revolucionario de los explotados y oprimidos: campesinos, indígenas, negros, obreros, pobres, mujeres, etc., o no hay tal vanguardia.

El chileno Luis Emilio Recabarren (1876-1924), el peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930) y el venezolano Salvador de la Plaza (1896-1970) son especialmente relevantes en este enriquecimiento. Luis Emilio Recabarren supera el reduccionismo de clase. Aplicando el materialismo histórico marxista a la realidad latinoamericana siguió postulando al proletariado como el motor fundamental de la revolución. Pero su sensibilidad humana le llevó a integrar en esa fuerza transformadora a los campesinos pobres, a los arrendatarios, las mujeres y los pueblos originarios mapuches. En Chile, contribuye a organizar la Asamblea Obrera de la Alimentación y las Federaciones de Inquilinos y Obreros Agrícolas (1919), así como los Consejos Federales o Comités de trabajadores Agrícolas (1920). En 1922 fundará el Partido Comunista de Chile, el primer partido comunista de América Latina que surgía de una central obrera y sindicatos de base. De su congreso fundacional formaron parte obreros, sindicalistas, arrendatarios pobres, campesinos, indígenas mapuches, feministas, etc. En esa dirección, el peruano J. C. Mariátegui es pionero en reivindicar la importancia y centralidad de las comunidades indígenas y agrarias en la construcción del socialismo peruano. El factor clase se enriquece con el factor raza, confluyen indigenismo y socialismo. “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América ni calco ni copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano”.3 Como señala R. Fornet-Betancourt, tal vez sea Mariátegui, uno de los primeros marxistas latinoamericanos herejes frente al ‘dogmatismo’ del Komintern soviético.

(4º) Existe la posibilidad de un nacionalismo socialista revolucionario. J. C. Mariátegui postula la posibilidad para el marxismo en América Latina de articularse como nacionalismo revolucionario socialista, que por ser tal necesariamente será internacionalista.

“El nacionalismo de las naciones europeas, donde nacionalismo y conservantismo se identifican y consubstancian, se propone fines imperialistas. Pero el nacionalismo de los pueblos coloniales —sí, coloniales económicamente, aunque se vanaglorien de su autonomía política— tienen un origen y un impulso totalmente diverso. En estos pueblos el nacionalismo es revolucionario y, por ende, concluye en el socialismo”.4

(5º) La revolución marxista tiene que recuperar las mejores aportaciones de las estructuras y tradiciones socialistas de los pueblos nuestro americanos (v.gr. en el caso del Perú, la estructura y tradición socialista indígena incaica). Debe beber en el pozo de la propia cultura y tradiciones, y escuchar y aprender de los trabajos, entre otros muchos, de investigadores como: José Carlos Mariátegui (1894-1930), Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), Leopoldo Zea (1912-2004), Luis Villoro (1922-), etc.

(6º) La contribución del marxismo a la reapropiación de la identidad nuestro americana ha de conducirse en el ‘reconocimiento’ de la unidad en la diversidad de expresiones culturales. En la pluralidad cultural, pero no en la incomunicación del relativismo multiculturalista. En la apertura a la pluralidad intercultural (v.gr. indígena, afroamericana, mestiza, criolla, etc.) de los modos de expresión histórica de los pueblos, pero en la unidad de su sistema de necesidades materiales para la producción y reproducción de la vida. En la unidad del universo material de sus necesidades, pero en la diversidad de los satisfactores culturales simbólicos y lingüísticos que se expresan, además de en castellano, inglés y portugués, en aymará, créole haitiano, guaraní, kuna, mapudungu, maya, náhuatl, quechua, quiché, etc. A evidenciar esta necesidad de satisfacer el derecho al reconocimiento de la diversidad en igualdad han contribuido, entre otros, los trabajos de F. Bilbao (1823-1865), E. M. de Hostos (1839-1903), P. J. Martí (1853-1895), Henríquez Ureña (1884-1946), A. A. Roig (1922--), L. Villoro (1922--), C. Lenkersdorf (1926--), E. Dussel (1934--), Bolívar Echeverría (1941-2010), R. Fornet-Betancourt (1946--), J. Estermann (1956--), F. Ainsa (1937--), R. Salas Astrain (1957--), D. de Vallescar (1962--), F. Tubino Arias- Schreiber (--), etc.

(7º) No hay revolución socialista (comunista) sin la liberación del imperialismo y dictadura mediáticos, en la apropiación popular de los medios de información, opinión y conocimiento. La experiencia de la realidad nuestro americana está mostrando al marxismo, por un lado, la necesidad y urgencia de investigar el alcance en las personas y los pueblos de la expropiación y enajenación mediática por parte del imperialismo. Por otro lado, se le impone a la revolución marxista la recuperación de la soberanía del espacio radioeléctrico, y la expropiación de los medios de información, opinión y conocimiento, para empoderar a los pueblos con ellos en las diversas modalidades de propiedad socialista. No habrá revolución comunista sin la liberación de la producción y apropiación imperial de la plusvalía ideológica. La revolución mediática y del conocimiento es condición necesaria para culminar la liberación económica y política. En este campo son pioneras las experiencias políticas de la incipiente revolución mediática que se alumbran en algunos de los países del ALBA (v.gr. TeleSur, etc.), así como los trabajos del venezolano Ludovico Silva (1937-1988), el mexicano Fernando Buen Abad (1956—), etc.

(8º) No hay revolución socialista si no es revolución eco-socialista. Si el trabajo es el padre de la riqueza, la tierra es la madre. Frente a la depredación del medio ambiente en el desarrollismo capitalista, el socialismo en Latinoamérica postula que no pude haber socialismo si se destruye la naturaleza: la fuente de la vida (v.gr. Fidel Castro, Michel Löwy, Sirio López Velasco, etc.).

(9º) El derecho a la revolución socialista (comunista) como el único derecho realmente histórico. La praxis del marxismo con nuestra América ha evidenciado una de las afirmaciones de F. Engels en su Introducción (1895) a la Lucha de clases en Francia, de K. Marx. La Revolución es el único derecho realmente histórico. El único derecho en que descansan todos los Estados modernos sin excepción. Revolución comunista, entendida como la praxis de los pueblos por la producción y reproducción de sus vidas, que se levanta contra el estado de insatisfacción de su sistema de necesidades/capacidades. Revolución que es la matriz de todos los demás derechos, realmente históricos, de los pueblos. La praxis del marxismo en Latinoamérica no sólo es la historia de una lucha mártir por la satisfacción de los derechos económicos (a la propiedad colectiva de los medios de producción frente a la expropiación capitalista), sino también por la materialización de todo el sistema de derechos (v.gr. los llamados civiles, políticos, culturales, información, opinión, conocimiento, etc.). Sin embargo, más allá de la crítica a la ideología burguesa de los derechos humanos y su utilización imperialista, el marxismo necesita y está urgido de reflexiones y elaboraciones propositivas de teorías del Derecho Socialista que puedan contribuir a iluminar la lucha jurídica por la hegemonía político-institucional, así como su ejercicio, una vez conseguida (v.gr. Bolivia, Cuba, Ecuador, Venezuela, etc.). Para ello se puede inspirar y enriquecer, entre otros, con los trabajos de O. Correas, J. E. Faria, B. de Sousa Santos, A. de la Torre Rangel, A. Rosillo, A. C. Wolkmer, etc., sobre pluralismo jurídico; de J. Fernández Bulté, sobre marxismo en Cuba, etc.

(10º) El método marxista, el materialismo histórico, por tener pretensión de ser científico no es un dogma sino que está sometido a verificación; y en consecuencia, a corrección y perfeccionamiento. Aunque el marxismo es mucho más que su método, el análisis dialéctico de la materialidad de la realidad histórica latinoamericana y su transformación socialista es el ‘evangelio’ de la praxis comprometida con la revolución de los pueblos. El encuentro del marxismo con la experiencia de la vida de ellos ha sido especialmente fecundo para la epistemología marxista. Particularmente liberador y enriquecedor para la vocación científica del método marxista es la experiencia histórica de la revolución cubana. Mucho antes, algunos autores como C. O. Bunge (1875-1918), Juan Bautista Justo (1865-1928) y José Ingenieros (1877-1925) habían iniciado trabajos de investigación en este campo, a los que siguieron los estudios de J. C. Mariátegui (1894-1930), Alejandro Korn (1860-1936) y Aníbal Ponce (1898-1938), en su interpretación más ortodoxa y menos nacionalista y anti-Mariátegui. También pensadores no marxistas y críticos del dogmatismo estalinista dejaron sus aportaciones a la liberación metodológica del marxismo latinoamericano, entre ellos mencionamos a los mexicanos Samuel Ramos y Antonio Caso. En esa misma línea crítica se inscriben algunos antiguos militantes del partido comunista como el argentino Ernesto Sábato. Carlos Astrada, por ejemplo, criticará el ‘dogmatismo estalinista’ desde un humanismo activista o dialéctico de la libertad’, en cercanía a los planteamientos del ‘marxismo positivo’ de J. Ingenieros y A. Ponce.

Indicamos algunas de las aportaciones metodológicas centrales que se han evidenciado en la experiencia de encuentros y desencuentros entre el marxismo y la vida de los pueblos de nuestra América:

(1ª) La vida de los pueblos es la última instancia de aprehensión, interpretación y verificación de la historia y la sociedad. La vida es el dinamismo de satisfacción del sistema de necesidades y capacidades materiales de los pueblos en orden a la producción y reproducción de la vida de ellos. Las relaciones económicas de producción forman parte de la común estructura del dinamismo de ese sistema en el mismo nivel de interdependencia que el resto de relaciones. Con ello no quedan idealizadas las relaciones económicas sino que se materializan ellas y todas las demás en la codeterminación (v.gr. E. Dussel, etc.).

(2ª) La praxis histórica concreta es la mediación de la vida, ineludible para el comienzo de toda teoría y práctica marxista si quiere evitar tanto el idealismo como el dogmatismo. La praxis, y no el dogma, es una categoría central del materialismo histórico. Es el ámbito de la interpretación y verificación de los conceptos, categorías y postulados marxistas con pretensión científica. El método marxista, el materialismo histórico, no puede convertirse en un sistema cerrado de leyes abstractas que eludan la prueba de la verificación. Ya desde 1959, en los partidos marxistas latinoamericanos había crecido la lucha interna por liberarse del ‘dogmatismo estalinista’. A esta tarea contribuyó la praxis teórica y política de revolucionarios como Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, la traducción española de los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, la recepción en Latinoamérica del pensamiento de Gramsci, Sartre y Fromm, entre otros. Se había entrado en un contexto liberador para el marxismo en nuestra América que iba a despojarlo del dogmatismo y permitirle recuperar la senda de la praxis liberadora. Autores como Juan David García Bacca (1901-1992), Adolfo Sánchez Vázquez (1915-), Enrique Dussel (1934--), hicieron y siguen haciendo su contribución.

(3ª) La verdad en el marxismo no son dogmas sino brújulas para la vida de los pueblos. Esto es, postulados sometidos a verificación histórica. El marxismo, por tener pretensión científica, ha de articular la permanencia de los postulados verificados, con sus limitaciones y la progresividad histórica en el descubrimiento de la realidad de su contenido. De este modo evita convertirse en una metafísica dogmática de leyes y verdades pétreas e inmutables. Debe estar abierto (Frugoni) a ser enriquecido y completado teóricamente con las múltiples dimensiones de la realidad y los nuevos descubrimientos (v.gr. importancia que Mariátegui da a la metafísica, la filosofía, los mitos, la religión, la mística, etc.).

(4ª) La persona, como sujeto individual de la praxis comunista revolucionaria, es tan importante como los pueblos, en cuanto sujeto colectivo. La realidad nuestro americana ha mostrado al método marxista que debe investigar más, articular mejor, y valorar con mayor justeza el peso y la fuerza que tiene la persona, como sujeto individual, con todas sus dimensiones (v.gr. consciente, inconsciente, estética, erótica, afectiva, etc.) en la revolución comunista. En particular, el papel que juega el factor de la voluntad personal (la libertad) del sujeto revolucionario frente a todo determinismo mecanicista (v.gr. E. Che Guevara, F. Castro, E. Fromm, A. Sánchez Vázquez, E. Dussel, etc.).

(5ª) La praxis marxista es la praxis de una ética comunista para la vida. La experiencia histórica del marxismo en nuestra América ha evidenciado que éste es, al tiempo de una revolución político-económica y una filosofía de la praxis, una ética de la vida de los pueblos, puesto que es un sistema político y económico que procura materializar la justicia en la Tierra. La importancia que tiene la ética (la moral material), como filosofía primera, no sólo para la metodología marxista, sino para legitimar toda su praxis política, requiere su mejor articulación y desarrollo en el proyecto político de un socialismo (comunismo) ético (v.gr. E. Che Guevara, E. Fromm, A. Sánchez Vázquez, E. Dussel, S. López Velasco (1951--), Justo Soto Castellanos (1962--), etc.).

(6ª) El diálogo del marxismo con la Filosofía y la Teología de la Liberación es fecundo. Éste se inició en la década de los años setenta y continúa dando sus frutos. Para el marxismo latinoamericano han sido particularmente enriquecedoras muchas de las aportaciones críticas provenientes desde los diversos planteamientos de la Filosofía de la liberación (tomada ésta en sentido amplio). Aportaciones: ontológicas (v.gr. Casalla, Kusch, Cullen), anadialécticas (Scannone, Dussel), historicistas (Roig, Zea), problematizadoras (Cerutti), marxistas- teológicas (Dussel, Hinkelammert), de la realidad histórica (Ellacuría), interculturales (Fornet-Betancourt).

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  1. Artículo que será publicado en: Salamanca Serrano, A., Marxismo en América Latina: Enciclopedia Latinoamericana de Derechos Humanos (São Leopoldo: Editora Nova Harmonia, 2011).
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  3. Mariátegui, J. C., Ideología y Política (Lima, 1969) 246-247.
  4. Mariátegui, J. C., Ideología y Política (Lima, 1969) 221.
FUENTE

martes, 5 de febrero de 2013

Por qué ser marxista hoy - Adolfo Sánchez Vázquez



Por qué ser marxista hoy

Adolfo Sánchez Vázquez*

Distinguidos miembros del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana.
Doctor Juan Vela Valdés, rector de esta universidad,
Profesores y estudiantes,
Compañeros y amigos:

La decisión del Consejo Universitario de la Universidad de La Habana de otorgarme el grado de doctor honoris causa, me ha conmovido tan profundamente que la expresión de mi agradecimiento resultaría pobre e insuficiente. Pero no puedo dejar de decir que tan alta y honrosa distinción la aprecio, sobe todo, por provenir de una institución universitaria que, junto a sus elevadas contribuciones académicas, tanto ha dado al realce y a la realización de los valores que más podemos estimar: la verdad, la justicia, la dignidad humana, así como la soberanía nacional, la solidaridad, la convivencia pacífica y el respeto mutuo entre los pueblos.

Pero a este agradecimiento institucional, quisiera agregar el personal por la fraternal, lúcida y bella laudatio de quien -Roberto Fernández Retamar- me siento, desde hace ya casi 40 años, no sólo compañero de ideas y esperanzas y admirado lector de su admirable obra poética, sino también persistente seguidor de su conducta intelectual y política al frente de una institución tan consecuente con la digna e inquebrantable política antimperialista de la Revolución Cubana como La Casa de las Américas, a la que tanto debemos los intelectuales de este continente y del Caribe por su defensa ejemplar y constante enriquecimiento de la cultura latinoamericana.

I

A continuación voy a dedicar mi discurso de investidura a la obra que tan generosamente se reconoce con el grado de doctor honoris causa. Y, por supuesto, no para juzgarla, pues yo sería el menos indicado para ello, sino para reivindicar el eje filosófico, político y moral en torno al cual ha girado toda ella: o sea, el marxismo. Pero no sólo el marxismo como conjunto de ideas, sino como parte de la vida misma, o más exactamente: de ideas y valores que han alentado la lucha de millones de hombres que han sacrificado en ella su tranquilidad y, en muchos casos, su libertad e incluso la vida.

Ahora bien, Ƒpor qué volver, en estos momentos, sobre este eje, fuente o manantial teórico y vital? Porque hoy, más que en otros tiempos, se pone en cuestión la vinculación entre sus ideas y la realidad, entre su pensamiento y la acción.

Cierto es que el marxismo siempre ha sido no sólo cuestionado, sino negado por quienes, dados su interés de clase o su privilegiada posición social, no pueden soportar una teoría crítica y una práctica encaminadas a transformar radicalmente el sistema económico-social en el que ejercen su dominio y sus privilegios. Pero no es éste el cuestionamiento que ahora tenemos en la mira, sino el que cala en individuos o grupos sociales, ciertamente perplejos o desorientados, aunque no están vinculados necesariamente con ese interés de clase o privilegiada posición social. Esta perplejidad y desorientación, que se intensifica y amplía bajo el martilleo ideológico de los medios masivos de comunicación, sobre todo desde el hundimiento del llamado "socialismo real", constituye el caldo de cultivo del cuestionamiento del marxismo, que puede condensarse en esta lacónica pregunta: Ƒse puede ser marxista hoy? O con otras palabras: Ƒtiene sentido en el alba del siglo XXI pensar y actuar remitiéndose a un pensamiento que surgió en la sociedad capitalista de mediados del siglo XIX?

Ahora bien, para responder a esta pregunta habría que tener una idea, por mínima que sea, de lo que entendemos por marxismo, dada la pluralidad de sus interpretaciones. Pues bien, teniendo esto presente, y sin pretender extender certificados de "pureza", se puede entender por él -con base en el propio Marx- un proyecto de transformación del mundo realmente existente, a partir de su crítica y de su interpretación o conocimiento. O sea: una teoría y una práctica en su unidad indisoluble. Por tanto, el cuestionamiento que se hace del marxismo y se cifra en la pregunta de si se puede ser marxista hoy, afecta tanto a su teoría como a su práctica, pero -como trataremos de ver- más a ésta que a aquélla.

II

En cuanto teoría de vocación científica, el marxismo pone al descubierto la estructura del capitalismo, así como las posibilidades de su transformación inscritas en ella, y, como tal, tiene que asumir el reto de toda teoría que aspire a la verdad: el de poner a prueba sus tesis fundamentales contrastándolas con la realidad y con la práctica. De este reto el marxismo tiene que salir manteniendo las tesis que resisten esa prueba, revisando las que han de ajustarse al movimiento de lo real o bien abandonando aquellas que han sido invalidadas por la realidad. Pues bien, veamos, aunque sea muy sucintamente, la situación de algunas de sus tesis básicas con respecto a esa triple exigencia.

Por lo que toca a las primeras, encontramos tesis que no sólo se mantienen, sino que hoy son más sólidas que nunca, ya que la realidad no ha hecho más que acentuar, ahondar o extender lo que en ellas se ponía al descubierto. Tales son, para dar sólo unos cuantos ejemplos, las relativas a la naturaleza explotadora, depredadora, del capitalismo; a los conceptos de clase, división social clasista y lucha de clases; a la expansión creciente e ilimitada del capital que, en nuestros días, prueba fehacientemente la globalización del capital financiero; al carácter de clase del Estado; a la mercantilización avasallante de toda forma de producción material y espiritual; a la enajenación que alcanza hoy a todas las formas de relación humana: en la producción, en el consumo, en los medios masivos de comunicación, etcétera, etcétera.

En cuanto a las tesis o concepciones que habría que revisar para ajustarlas al movimiento de lo real, está la relativa a las contradicciones de clase que, sin dejar de ser fundamentales, tienen que conjugarse con otras importantes contradicciones en la sociedad actual: nacionales, étnicas, religiosas, ambientales, de género, etcétera. Y por lo que toca a la concepción de la historia hay que superar el dualismo que se da en los textos de Marx, entre una interpretación determinista e incluso teleológica, de raíz hegeliana, y la concepción abierta según la cual "la historia la hacen los hombres en condiciones determinadas". Y que, por tanto, depende de ellos, de su conciencia, organización y acción, que la historia conduzca al socialismo o a una nueva barbarie. Y están también las tesis, que han de ser puestas al día acerca de las funciones del Estado, así como las del acceso al poder, cuestiones sobre las cuales ya Gramsci proporcionó importantes indicaciones.

Finalmente entre las tesis o concepciones de Marx y del marxismo clásico que hay que abandonar, al ser desmentidas por el movimiento de la realidad, está la relativa al sujeto de la historia. Hoy no puede sostenerse que la clase obrera sea el sujeto central y exclusivo de la historia, cuando la realidad muestra y exige un sujeto plural, cuya composición no puede ser inalterable o establecerse a priori. Tampoco cabe sostener la tesis clásica de la positividad del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas, ya que este desarrollo minaría la base natural de la existencia humana. Lo que vuelve, a su vez, utópica la justicia distributiva, propuesta por Marx en la fase superior de la sociedad comunista con su principio de distribución de los bienes conforme a las necesidades de cada individuo, ya que ese principio de justicia presupone una producción ilimitada de bienes, "a manos llenas".

En suma, el marxismo como teoría sigue en pie, pero a condición de que, de acuerdo con el movimiento de lo real, mantenga sus tesis básicas -aunque no todas-, revise o ajuste otras y abandone aquéllas que tienen que dejar paso a otras nuevas para no quedar a la zaga de la realidad. O sea, en la marcha para la necesaria transformación del mundo existente, hay que partir de Marx para desarrollar y enriquecer su teoría, aunque en el camino haya que dejar, a veces, al propio Marx.

III

Ahora bien, reafirmada esta salud teórica del marxismo, hay que subrayar que éste no es sólo, ni ante todo una teoría, sino fundamental y prioritariamente, una práctica, pues recordemos, una vez más, que "de lo que se trata es de transformar el mundo" (Tesis XI sobre Feuerbach de Marx). Pues bien, si de eso se trata, es ahí, en su práctica, donde la cuestión de si tiene sentido ser marxista hoy, ha de plantearse en toda su profundidad.

Pues bien, considerando el papel que el marxismo ha desempeñado históricamente, desde sus orígenes, al elevar la conciencia de los trabajadores de la necesidad y posibilidad de su emancipación, y al inspirar con ello tanto sus acciones reivindicativas como revolucionarias, no podría negarse fundamentalmente su influencia y significado histórico-universal. Ciertamente, puede afirmarse sin exagerar, que ningún pensamiento filosófico, político o social ha influido, a lo largo de la historia de la humanidad, tanto como el marxismo en la conciencia y conducta de los hombres y de los pueblos.

Para encontrar algo semejante habría que buscarlo fuera de ese pensamiento, no en el campo de la razón, sino en el de la fe, propio de las religiones como budismo, cristianismo o islamismo, que ofrecen una salvación ilusoria de los sufrimientos terrenales en un mundo supraterreno. Para el marxismo, la liberación social, humana, hay que buscarla aquí y desde ahora con la razón y la práctica que han de conducir a ella.

Aunque sólo fuera por esto, y el "esto" tiene aquí una enorme dimensión, el marxismo puede afrontar venturosamente su cuestionamiento en el plano de práctica encaminada a mejorar las condiciones de existencia de los trabajadores, así como en las luchas contra los regímenes autoritarios o nazifascistas o por la destrucción del poder económico y político burgués. Los múltiples testimonios que, con este motivo, podrían aportarse favorecen esta apreciación positiva de su papel histórico-práctico, sin que éste signifique, en modo alguno, ignorar sus debilidades, sombras o desvíos en este terreno, ni tampoco las aportaciones de otras corrientes políticas o sociales: demócratas radicales, socialistas de izquierda, diferentes movimientos sociales, o de liberación nacional, anarquistas, teología de la liberación, etcétera.

IV

La cuestión se plantea, sobre todo, con respecto a la práctica que, en nombre del marxismo, se ejerció después de haberse abolido las relaciones capitalistas de producción y el poder burgués, para construir una alternativa al capitalismo: el socialismo. Ciertamente, nos referimos a la experiencia histórica, que se inaugura con la Revolución Rusa de 1917, que desembocó en la construcción de la sociedad que posteriormente se llamó el "socialismo real". Un "socialismo" que se veía a sí mismo, en la ex Unión Soviética, como la base, ya construida, del comunismo diseñado por Marx en su Crítica del programa de Gotha.

Sin entrar ahora en las causas que determinaron el fracaso histórico de un proyecto originario de emancipación, al pretender realizarse, puede afirmarse: primero, que, no obstante los logros económicos, sociales y culturales alcanzados, condujo a un régimen económico, social y político atípico -ni capitalista ni socialista-, que representó una nueva forma de dominio y explotación. Segundo: que ese "socialismo" significó, no obstante, un dique a la expansión mundial del capitalismo, aunque es evidente también que con su derrumbe la bipolaridad en la hegemonía mundial dejó paso a la unipolaridad del capitalismo más depredador, concentrada en el imperio de Estados Unidos. Y tercero: que la opción por, y las esperanzas, en la alternativa social del socialismo quedaron sumamente reducidas o cegadas, así como las del marxismo que la inspiró y fundamentó. A ello contribuyó decisivamente la identificación falsa e interesada del "socialismo real" con todo socialismo posible y la del marxismo con la ideología soviética que lo justificó.

V

Puesto que no es tan fácil negar el carácter liberador, emancipatorio, del pensamiento de Marx y del marxismo clásico, los ideólogos más reaccionarios, pero también más perspicaces del capitalismo, tratan de sostener la imposibilidad de la realización del socialismo. Y para ello recurren a diversas concepciones idealistas del hombre, la historia y la sociedad. Unas veces apelan a una supuesta naturaleza humana inmutable -egoísta, competitiva-, propia en verdad del homo economicus capitalista, incompatible con la fraternidad, solidaridad y cooperación indispensable en una sociedad socialista. Otras veces se valen de la concepción teleológica de la historia que decreta -muy hegelianamente- la inviabilidad del socialismo al llegar aquélla a su fin con el triunfo del capitalismo liberal, o más exactamente neoliberal.

También se recurre a la idea fatalista de que todo proyecto emancipatorio, al realizarse se degrada o desnaturaliza inevitablemente. Y, por último, se echa mano del "pensamiento débil" o posmoderno para el cual la falta de fundamento o razón de lo existente invalida toda causa o proyecto humano de emancipación.

Como es fácil advertir, en todos estos casos se persigue o alimenta el mismo fin: confundir las conciencias, desmovilizarlas y cerrar así el paso a la organización y la acción necesarias para construir una alternativa social al capitalismo y, por tanto, a todo pensamiento que -como el marxista- contribuya a ella.

VI

Ahora bien, aun reconociendo la falsedad de los supuestos ideológicos en que se apoyan estos intentos descalificadores, así como los intereses de clase que los promueven, es innegable que, a raíz del hundimiento del "socialismo real", se da un descrédito de la idea de socialismo y un declive de la recepción y adhesión al marxismo. Y ello cuando la alternativa al capitalismo, en su fase globalizadora, se ha vuelto más imperiosa no sólo porque sus males estructurales se han agravado, sino también porque al poner el desarrollo científico y tecnológico bajo el signo del lucro y la ganancia, amenaza a la humanidad con sumirla en la nueva barbarie de un holocausto nuclear, de un cataclismo geológico o de la supeditación de los logros genéticos al mercado.

De tal manera que, en nuestros días, el agresivo capitalismo globalizador hegemonizado por Estados Unidos, al avasallar, con sus guerras preventivas, la soberanía y la independencia de los pueblos, al hacer añicos la legalidad internacional, al volver las conquistas de la ciencia y la técnica contra el hombre y al globalizar los sufrimientos, humillaciones y la enajenación de los seres humanos, atenta no sólo contra las clases más explotadas y oprimidas y contra los más amplios sectores sociales, sino también contra la humanidad misma, lo que explica el signo anticapitalista de las recientes movilizaciones contra la guerra y de los crecientes movimientos sociales altermundistas en los que participan los más diversos actores sociales.

La emancipación social y humana que el marxismo se ha propuesto siempre pasa hoy necesariamente por la construcción del dique que detenga esta agresiva y antihumana política imperial estadunidense. Pues bien, en la construcción de ese dique al imperialismo que tantos sufrimientos ha infligido al pueblo cubano, está hoy sin desmayo, como siempre, y fiel a sus orígenes martianos, la Revolución Cubana.

VII

Llegamos al final de nuestro discurso con el que pretendíamos responder a la cuestión de si se puede ser marxista hoy. Y nuestra firme respuesta al concluir, es ésta: puesto que una alternativa social al capitalismo -como el socialismo- es ahora más necesaria y deseable que nunca, también lo es, por consiguiente, el marxismo que contribuye -teórica y prácticamente- a su realización. Lo cual quiere decir, a su vez, que ser marxista hoy significa no sólo poner en juego la inteligencia para fundamentar la necesidad y posibilidad de esa alternativa, sino también tensar la voluntad para responder al imperativo político-moral de contribuir a realizarla.

Por último, reitero mi más profundo agradecimiento a la Universidad de La Habana, porque con la alta distinción que me otorga, me da un vigoroso impulso para continuar, en su tramo final, la obra que ha tenido y tiene como eje teórico y vital al marxismo.

* Discurso pronunciado al ser investido doctor honoris causa por la 
Universidad de La Habana
16 de septiembre de 2004.

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